Paseaba por el bosque recordando aquella historia que le habían contado acerca del “Salón de los Pasos Perdidos” en el antiguo fuerte-palacio de la Aljafería de Zaragoza. Los monarcas acudían a esa estancia para meditar y tomar las decisiones más trascendentales y para ello paseaban largas horas por aquella pequeña y diáfana salita dando pasos sin rumbo fijo. Pasos perdidos…
Asimismo paseaba él sobre las hojas muertas del otoño. Escuchándolas quebrarse bajo sus pies. Sin un destino concreto. Meditabundo y solitario.
¿Seguir adelante y luchar contra esa enfermedad terrible y traicionera que se había instalado en un cuerpo desgastado por los años, o rendirse sin más a los designios del destino? Al fin y al cabo ya había visto crecer a sus hijos y nietos con salud. Incluso algún bisnieto venía en camino. Había vivido la vida con total plenitud y se sentía satisfecho…
Sin apenas darse cuenta, su caminar le llevó a un claro en el bosque donde se alzaba majestuoso, entre un mar de helechos secos, un vetusto fragmento de madera, resto probablemente de lo que antaño habría sido un fornido y espléndido roble. De geometrías singulares y hermosas, como si la propia mano de la naturaleza lo hubiera esculpido a capricho. Solitario como él. Maltrecho y desgajado también. Pero resistiendo con dignidad al paso del tiempo.
Y allí estaban uno frente al otro; como si el destino le estuviera enviando una señal…
Texto de Cesar Fernandez Rollan