© 2009 RIXCTER La triste belleza del ocaso de la vida

El ocaso de la vida

Paseaba por el bosque recordando aquella historia que le habían contado acerca del “Salón de los Pasos Perdidos” en el antiguo fuerte-palacio de la Aljafería de Zaragoza. Los monarcas acudían a esa estancia para meditar y tomar las decisiones más trascendentales y para ello paseaban largas horas por aquella pequeña y diáfana salita dando pasos sin rumbo fijo. Pasos perdidos…

Asimismo paseaba él sobre las hojas muertas del otoño. Escuchándolas quebrarse bajo sus pies. Sin un destino concreto. Meditabundo y solitario.

¿Seguir adelante y luchar contra esa enfermedad terrible y traicionera que se había instalado en un cuerpo desgastado por los años, o rendirse sin más a los designios del destino? Al fin y al cabo ya había visto crecer a sus hijos y nietos con salud. Incluso algún bisnieto venía en camino. Había vivido la vida con total plenitud y se sentía satisfecho…

Sin apenas darse cuenta, su caminar le llevó a un claro en el bosque donde se alzaba majestuoso, entre un mar de helechos secos, un vetusto fragmento de madera, resto probablemente de lo que antaño habría sido un fornido y espléndido roble. De geometrías singulares y hermosas, como si la propia mano de la naturaleza lo hubiera esculpido a capricho. Solitario como él. Maltrecho y desgajado también. Pero resistiendo con dignidad al paso del tiempo.

Y allí estaban uno frente al otro; como si el destino le estuviera enviando una señal…

Texto de Cesar Fernandez Rollan

La triste belleza del ocaso de la vida

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